Una mujer grande en todo
Logroño, 14 de julio de 2013
Una mujer grande en todo
Ana González Periodista
Concha García Campoy, la periodista, la mujer fuerte, la mujer de la que todo el mundo habla bien, ha muerto. La noticia me dejó muda y en silencio durante un buen rato. Cuando reaccioné busqué teléfonos y correos electrónicos de los compañeros de universidad y recuperé contactos que desde algún tiempo dormían en la agenda. Así nos consolamos y nos solidarizamos con su familia, sus amigos o sus hijos, a los que no conocemos y así rompimos ese silencio que nos removió rabia por lo incompresible y recuerdos de los momentos pasados junto a Concha.
Cinco años de carrera universitaria juntas y muchas horas compartidas en el piso de estudiantes unen mucho. La ilusión por aprender un oficio, los platos de pasta en la cocina oscura de aquel piso de la calle Arnaldo de Oms de Barcelona, los largos trabajos de Semiótica o Relaciones Internacionales, las primeras manifestaciones para reivindicar la llegada de la democracia por la calle Balmes, las largas tertulias en el salón, con aquel asqueroso café aguado, hablando en muchas ocasiones de cine, que a Concha le encantaba, terminaban casi siempre con risas, muchas risas. Aportábamos, o eso creíamos, nuestro grano de arena para arreglar el mundo y escuchábamos esa voz firme y optimista de Concha que concluía cualquier actividad o tertulia diciendo: «¡No nos ha ido tan mal!»
Y creo que no, que no nos fue tan mal. Lo que sucede es que aquellos idílicos años, cinco exactamente, terminaron pronto. Nos despedimos con nostalgia y con el firme deseo, que luego no se cumple, de encontrarnos por lo menos una vez al año. Después viene la vida, desparrama a cada uno por un sitio y los deseos de volver a encontrarse con los amigos de la 'Uni' se van mezclando con las obligaciones laborales, los nuevos amigos que uno se va haciendo allí donde le toca vivir, o con esa estupidez de «ya nos llamamos y quedamos» y da al traste con los planes de unas recién licenciadas que piensan que van a comerse el mundo.
Hemos ejercido el oficio de periodistas, y Concha ha dejado como nadie el listón del 'grupo de la Uni' bien alto, a razón de las loas que, con dolor y en silencio escucho estos días. Nos hemos sentidos orgullosos de ver, oír o leer a Concha, porque, aunque no nos viéramos tanto como habíamos prometido, la sentíamos cerca y comprobábamos que todo iba bien. Que los éxitos profesionales llegaban, que los hijos crecían, que las parejas iban y venían, que cada cuatro o cinco años nos veíamos por casualidad y de nuevo volvíamos a oír: «¡¡¡Anita¡¡¡». Y un abrazo como una zarpa te rodeaba. Concha era grande en sonrisas, en generosidad, en altura y en consecuencia, sus manos y sus brazos eran grandes y sus abrazos eran como una zarpa amorosa, que en un minuto, te hacían recuperar la conversación interrumpida hace algunos años y todo volvía a empezar.
Hace año y medio algo no salió bien y el 'grupo de la Uni' volvimos a llamarnos. Comprobamos que el móvil de Concha que teníamos era el correcto y quedamos en comunicarnos novedades. Hoy nos lamentamos porque ninguno llamó por aquello de «no molestar» y Maite, Juanjo, Mia, Pilar, Leo, Merche, Joaquín y yo no hemos sabido qué hacer.
Como dice Gioconda Belli en su poema 'Claro que no somos una pompa fúnebre' vamos a buscar qué hacer para no llegar tarde y vamos a «intentar tirarnos una buena carcajada». Se lo debemos a Concha.
«(...) vemos como nos nacen arrugas en la frente
y nos volvemos serios,
pero siempre por siempre
nos persigue la risa
amarrada también a los talones
y sabemos tirarnos una buena carcajada
y ser felices en la noche más honda y más cerrada».