PARADORES

Así es alojarse donde el Mediterráneo se encuentra con la Albufera

El Parador de El Saler es mucho más que un magnífico alojamiento junto al mar. Su historia está ligada a la Dehesa, a uno de los campos de golf más célebres de España y a una convivencia delicada entre turismo, paisaje y memoria.

Dani Mendez

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El camino hasta el Parador de El Saler no conduce tanto a un edificio como a un paisaje. Primero aparecen los pinos, inclinados por el levante. Luego, los claros del campo de golf. Después, la arena. Y al fondo, esa luz limpia que aquí parece venir de dos sitios a la vez: del Mediterráneo y de la Albufera. El hotel se deja ver poco a poco, sin imponerse del todo al entorno. La sensación al llegar es la de encontrarse en un lugar que ha preferido abrirse al paisaje antes que competir con él, una joya escondida entre dunas, pinar y mar, con playa accesible por pasarela, spa, gimnasio, campo de fútbol y dos restaurantes con vistas al Mediterráneo y al campo.

El Saler es un Parador contemporáneo levantado en una franja de arena y bosque. El 23 de noviembre de 1962, el Ayuntamiento acordó ceder suelo de la Dehesa para que el entonces Ministerio de Información y Turismo levantara aquí una instalación hotelera de la red de Paradores y un campo de golf. El hotel abrió en 1966, todavía con su viejo nombre, Luis Vives, en honor al célebre humanista, filósofo y pedagogo valenciano del siglo XVI, y en los recortes de prensa de aquellos años aparece como una pieza central del impulso turístico de la zona. Dos años más tarde, en 1968, se inauguró el campo. La gran reforma de 2007, con una intervención paisajística en 18.600 metros cuadrados para recuperar dunas y proteger especies endémicas, terminó de afianzar otra manera de estar aquí, más cercana a la integración que al despliegue.

“Dunas, pinos y monte bajo se integran así en un trazado que combina hoyos pegados al mar, con otros que se funden con el bosque mediterráneo.”

Ese cambio se percibe enseguida. El edificio actual, recuerda Francisco Contreras Alvarado, director del Parador, quedó “completamente mimetizado con el entorno, con una volumetría mínima y medidas de ahorro energético enormes”. Aquí el visitante no llega a un hotel que se exhibe, sino a un recinto que parece haber aprendido, con el tiempo, a convivir con la Dehesa. Sostiene Contreras -que ya ejerció aquí como director antes de la actual reforma-, que la propia presencia del Parador ha ayudado a preservar este frente litoral porque la finca, impidió que aquí se levantaran torres de apartamentos u otras construcciones más agresivas con la playa. Y remata con una idea que resume bien la evolución del lugar: no basta con sostener. “Regenerar” le parece un verbo mejor. Regenerar, repoblar flora y fauna, aportar más cada día.

El campo de golf resume bastante bien esa evolución. Su prestigio se apoya precisamente en la idea de no haber violentado el terreno. En su diseño, Javier Arana respetó las dunas, el pinar y el modelado natural del suelo para levantar un recorrido que combina tramos de links playero con otros que se funden con el bosque mediterráneo. Nacido en Bilbao, Arana fue regatista olímpico, aficionado al golf y célebre diseñador de campos de golf. Su máxima era: «La menor interferencia con la naturaleza es deseable, puesto que la naturaleza es el mejor arquitecto en la mayoría de los casos». Y tan orgulloso estaba de su trabajo en El Saler que cuentan que, al verlo terminado, se sentó y lloró de emoción. Hoy sigue siendo uno de los grandes argumentos del lugar: está considerado uno de los mejores recorridos del mundo por jugadores, instituciones y prensa especializada. En 2024 la revista británica Today’s Golfer lo situó como el mejor campo de Europa continental en relación calidad-precio. El récord del campo sigue en manos de Bernhard Langer, autor de un 62 en 1984. Vicente Morales Hortelano, caddie master y jefe del campo, recuerda una escena que resume bien el respeto que impone El Saler incluso a los grandes. Una vez vio a Severiano Ballesteros caer en la uña de gato del hoyo 6, una planta invasiva que complica muchísimo el juego, y quedarse allí, enlazando golpe tras golpe, incapaz de sacar la bola. No es la única imagen que conserva: también lo vio firmar un nueve en el hoyo 15 cuando llevaba una buena vuelta. Que algo así le ocurriera a un jugador como Seve, viene a decir Vicente, explica mejor que cualquier elogio la dificultad real del campo.

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También el fútbol ha dejado aquí una huella profunda. Durante el Mundial de 1982, el Parador fue cuartel general de la selección española y se habilitó un campo de fútbol con las mismas medidas y la misma orientación que Mestalla: 105 por 68 metros. Esa relación no terminó ahí. La documentación del Football Training Center del complejo lo presenta como punto de concentración invernal para equipos europeos y cita, junto a la selección española, nombres como Spartak de Moscú, Spartak de Praga y 1860 Múnich, además de clubes habituales de LaLiga como Valencia, Real Madrid o Levante. El campo, de césped natural y situado frente al cordón dunar, se completa con gimnasio profesional, spa y servicios específicos para stages deportivos. En el Parador quedan además camisetas firmadas que funcionan casi como un pequeño museo informal de esa vida paralela, menos visible que el golf, pero igual de ligada a la identidad del lugar.

Por supuesto, aquí también hay espacio para descansar y desconectar. Jorge Ortega González, jefe de recepción, la resume con tres palabras: “relax, tranquilidad y actividad”. La fórmula funciona porque no intenta adornar nada. Aquí se viene a jugar, sí, pero también a bajar al spa en albornoz, a caminar hacia la playa, a dejar que la tarde caiga sobre la piscina, a acercarse a la Albufera o a perderse en El Palmar. Valencia queda a unos veinte minutos en coche, aunque muchas veces lo que se busca no es la ciudad, sino una forma más lenta de estar. Desde recepción recomiendan justo eso: playa, paseos, barcas, paellas, reservas hechas con algo de tiempo.

Las recomendaciones de los que más saben...

JEFE DE RECEPCIÓN

Jorge Ortega

Trabajador en el parador de El Saler

RECEPCIONISTA

Begoña Martorell

Trabajador en el parador de El Saler

CADDIE MASTER JEFE DEL CAMPO DE GOLF

Vicente Morales

Trabajadora en el parador de El Saler

La parte menos visible del Parador también cuenta. Aquí se recicla el cien por cien de las aguas consumidas en el complejo para el riego del campo de golf y del campo de fútbol, se aprovechan las aguas pluviales, el tejado cuenta con placas solares para calentar agua del hotel y del spa, y la piscina exterior y el spa funcionan con cloración salina. A eso se suma una iniciativa pionera presentada por Paradores a finales de 2025: el primer sistema integral de recogida y reciclaje de bolas de golf no recuperables y tees de plástico fuera de uso, que ya se transforman en nuevos materiales y productos para las propias instalaciones. Allí, incluso los residuos del juego vuelven al campo convertidos en otra cosa.

Y luego está la memoria, que es otra capa del mismo paisaje. Francisco Contreras atesora numerosos tesoros en su despacho: caparazones de tortuga o huesos de ballena que la corriente ha portado hasta la orilla. Mientras que en los recortes guardados por la casa asoma todavía el viejo nombre de Luis Vives. Y, en otro registro mucho más íntimo, sobreviven cartas de apoyo recibidas durante la covid o tras la dana. Son detalles pequeños, pero cambian la mirada. Dejan de convertir El Saler en una simple escapada para devolverle una biografía.

Al final, eso es El Saler. Un Parador contemporáneo, sí, pero clavado en un territorio con memoria, en una frontera de arena y pinar donde el turismo ha tenido que aprender a convivir con el paisaje. Uno llega por la luz, por el mar o por la promesa de una paella. Y se queda con una impresión más difícil de resumir: la de haber dormido en un lugar donde el edificio nunca consigue mandar del todo. Por suerte.

Un paseo (didáctico) por la naturaleza

Hay otro detalle que termina de explicar el carácter del sitio. La Natursenda, ese recorrido de dos kilómetros que cruza el entorno del campo, no funciona sólo como un paseo bonito, sino como una invitación a mirar mejor. El visitante no sale únicamente a estirar las piernas. Sale a entender dónde está. La senda, presentada a finales de 2018, está adaptada a personas con movilidad reducida y cuenta con paneles informativos con pictogramas, desarrollados con la colaboración de la Fundación Acavall, Xaloc y la Fundación Global Nature, para explicar de forma accesible la fauna, la flora y los valores paisajísticos de este rincón de la Dehesa. Por aquí vuelan más de trescientas especies de aves, pero el compromiso del Parador con el entorno va más allá de la observación: junto a la ONG Xaloc Mar ha creado “El Parador de las Tortugas”, el primer santuario de la Comunidad Valenciana para la tortuga mediterránea, un espacio controlado con reproducciones de barracas valencianas, lago y vegetación autóctona en el que los ejemplares se aclimatan antes de ser reintroducidos en el Parque Natural de la Albufera. A eso se suman acciones de divulgación, censos, vigilancia de nidos de tortuga boba y labores de enriquecimiento ambiental. El bosque de la Dehesa deja entonces de ser una simple postal cuando uno entiende que pisa una barra litoral modelada durante miles de años por los sedimentos del Turia y del Júcar, y que el paseo sirve también para leer esa historia natural en el propio terreno.

La Albufera, el otro latido de Valencia

A menos de media hora del centro de Valencia, la Albufera cambia el ritmo de todo. El ruido baja, el horizonte se ensancha y el paisaje empieza a ordenarse en agua, arrozales, acequias, barracas y barcas de fondo plano. Es el lago de agua dulce más grande de España y uno de los humedales más valiosos del Mediterráneo, protegido como parque natural desde 1986 y reconocido también como zona de especial protección para las aves y espacio Ramsar. Aquí conviven la Dehesa, el cordón dunar, la laguna y los arrozales, como si varios paisajes distintos hubieran aprendido a respirar juntos.

La Albufera tiene algo raro: parece inmóvil, pero no deja de cambiar. En invierno, los campos inundados multiplican el espejo del agua; en verano, el arroz levanta una llanura verde; al caer la tarde, la luz vuelve todo más lento y más antiguo. Más de 300 especies de aves pasan por este humedal a lo largo de su ciclo vital, y esa riqueza natural convive con una cultura muy pegada a la tierra y al agua: la pesca, el cultivo del arroz, las rutas en barca y una cocina que no se entiende sin este territorio. Acercarse a la Albufera es salir un momento de la ciudad sin salir del todo de Valencia. Es ver de dónde viene buena parte de su carácter. 

Hoy comemos…


En El Saler, la cocina no se entiende sin el paisaje. La Albufera, el mar, la huerta y los naranjos entran en la carta casi con la misma naturalidad con la que aquí entra la luz. Es un territorio que remite de forma inevitable a Vicente Blasco Ibáñez, a ese mundo de arrozales, barracas, anguilas y cítricos que reflejan novelas como La Barraca, Cañas y barro o Entre naranjos. Tiene sentido. Al fin y al cabo, en esta tierra el arroz ya estaba presente en el siglo X y la expansión de los naranjos terminó de modelar otro de sus grandes paisajes. Entre ambos, entre el humedal y el cítrico, se ha ido formando una manera de comer que aquí se reconoce enseguida: esgarraet -un plato a base de pimiento asado y migas de bacalao-, all i pebre de anguila y, por supuesto, paellas y arroces.

Amparo Vendrell, segunda de cocina del Parador, habla de esa identidad desde dentro y desde cerca: “Yo soy de aquí, de la zona del Perelló”. Lleva cinco años en la casa y no duda al señalar el centro de la propuesta: “Vendemos dos toneladas de arroz. Claro que es muchísima cantidad”. No sorprende. “Al final es lo más típico de esta zona”, resume. El cliente extranjero, cuenta, muchas veces llega por el golf, pero acaba entrando por la cocina: “Vienen aquí por el golf. Y al final, pues por A o por B acaban conociendo la gastronomía de aquí. Y sobre todo quieren arroz”. Lo quieren, precisa, “en paella”, en esa versión más reconocible y celebrada que convierte la mesa en una manera inmediata de decir dónde está uno.

Ahí entra también el arroz Albufera, con el que trabaja hoy la cocina del Parador. “Es un producto de cercanía, cultivado en esta zona”, explica Amparo. Y añade la razón técnica por la que lo han elegido: “tiene muy buena absorción del sabor y te aguanta también bien el punto”. Junto a la paella valenciana o al arroz con pato y pimientos, la carta mantiene platos que enlazan directamente con la memoria del lugar, como el all i pebre, “un guiso aquí con anguila de la Albufera. Es un plato muy emblemático en la zona y en nuestro restaurante”.  Esa es quizá la clave de esta cocina: tomar las recetas de siempre y afinarlas sin traicionarlas, de modo que el comensal sienta, como dice Amparo, que está comiendo “algo de toda la vida, pero más moderno, más innovador”.

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